El rincón de Diego

Lilypie - Personal pictureLilypie Third Birthday tickers

lunes, 29 de marzo de 2010

Fotografías II


Este fin de semana teníamos pensado hacer una excursión por Manila, visitar el museo nacional, ir a Intramuros, dejarnos caer, por fin, por el Instituto Cervantes y comer en al Casino de España. El viernes se truncaron todos los planes. Un virus, o vaya usted a saber qué, me han dejado postrado en la cama con fiebre y continuas visitas al cuarto de baño.

Tres días de cama recibiendo los cuidados de Marisa, viendo  History Chanel e incluso he revivido el pasado junto a Forres Gump y Notting Hill. Así que, como no he tenido tiempo de escribir, adelanto la segunda remesa de fotografías.

Luz de Tokio.




Una rosa es una rosa.





Tres deseos.




Flor de loto.




París.




Romancero.




Maestranza de Sevilla






Mario Jiménez.

jueves, 25 de marzo de 2010

Medios de transporte


Moverse por Manila no es cosa fácil: una población de más de 11 millones de personas que viven en las  calles que conforman el dédalo del área metropolitana, unos atascos cuasi perennes y una forma de conducir muy distinta a la estamos acostumbrados los que somos peregrinos de tierra extraña, hacen de los desplazamientos en la capital tagala una épica odisea.


Empecemos por las infraestructuras. Hay de todo, desde caminos de tierra, carreteras comarcales que se pierden por la densa selva, hasta autovías de peaje. Está claro que no son las mejores carreteras del mundo, pero sí, por ejemplo, son mucho mejores que en Sri Lanka. Además, las infraestructuras van mejorando poco a poco.



El parque automovilístico es de lo más variopinto. Nos encontramos desde coches de fabricación casera, utilitarios, todo terreno y monovolúmenes hasta un gran número de motocicletas de pequeña cilindrada. Los coches son sobre todo de marcas asiáticas: Toyota, Nissan, Honda y Hyundai abarrotan las carreteras de Manila. También es fácil ver coches de la marca Ford. En cuanto a las marcas europeas, sólo están presentes en la gama alta. Dependiendo en qué áreas de la ciudad nos movamos – urbanizaciones de lujo principalmente- no es difícil encontrar Mercedes, BMW, Audi, Volvo, Porche o incluso Ferrari. Hay que destacar que este tipo de coches denominados de lujo, son cargados con un impuesto del 100% del valor del coche. También me llamó mucho la atención el gran número de WV Beetle antiguos que circulan por la ciudad. Por cierto, el carnet de conducir filipino se puede convalidar en España y viceversa. Esto también es válido para el carnet de motos, que aquí es especialmente fácil de conseguir, basta con ir a tráfico y pagar. Como yo todavía no tengo el carnet de moto, y tengo una deuda pendiente de saldar con mi amigo Fran, quizás sea esta una buena oportunidad de volver a España con el carnet en la cartera. Eso sí, luego tendré que dar clases allí…



El transporte público es un mundo aparte. Tenemos desde autobuses con más años en sus desgastadas ruedas de lo que mi imaginación se atreve a sospechar, pasando por autocares que recorren la isla de punta a punta, hasta una gran variedad de taxis. Algunos de estos taxis literalmente se caen a cachos, lo cual me hace suponer que aquí no hay ITV ni nada que se le parezca. Otros, en cambio, son muy nuevos y cuidados. Los mejores taxis se suelen encontrar esperando pacientemente en el aeropuerto. Un consejo, siempre que cojamos un taxi en Filipinas es conveniente cerrar el precio de antemano y preguntar si tienen cambio. Así nos ahorraremos sorpresa como cuando Marisa fue a pagar con 1000 pesos una trayecto de 100, el taxista le dijo que no tenía cambio y que se tendría que quedar con los 1000. Cuando el guardia de seguridad del hotel al que iba Marisa se acercó escopeta en mano, milagrosamente el taxista encontró el cambio. Pero vamos, esto no es algo que no pase en España, donde algunos taxistas piensan que trayecto “en espiral” es mucho mejor y más interesante que el de la línea recta.

Hay otro tipo de “taxis” que no puedo dejar de mencionar. Son unas motos con un sidecar completamente artesanal denominados triciclos. Están por todas parte y por poco más de 20 pesos nos llevan donde les pidamos, siempre que estemos dispuestos a no poner demasiadas pegas a la comodidad del vehiculo.



En Filipinas no hay metro, aunque aquel anuncio de un pequeño pueblo perdido en mitad de la selva, que construía un metro a semejanza del de Madrid, fue grabado en Filipinas. De hecho, el pueblo se encuentra en Mindanao y efectivamente se llama Madrid. Hay una especie de línea de cercanías, eso sí, que recorre el centro de la ciudad con una razonable eficiencia.

Pero mención aparte merecen los Jeepneys. Son vehículos que podemos encontrar exclusivamente en Filipinas. Estos vehículos son una especie de… pues no encuentro nada con que compararlo. Son de construcción casera y artesanal, y están “inspirados” en los jeeps americanos, aunque son más altos y alargados que estos. Estos vehículos son utilizados como transporte público. Los pasajeros, 8 ó 10 como máximo, se montan en la parte de atrás y golpean el techo cuando quieren bajarse. Los jeepneys son decorados por sus propietarios compitiendo en originalidad unos y osadía otros. Es la peculiar interpretación filipinas del ”Tuning”. Indudablemente dan un colorido especial a las carreteras filipinas.



Por supuesto, ademas de estos medios de trasporte que recorren el frio asfalto, hay otros mucho mas agradables y placenteros...




PD. Justo mientras escribía este post he sentido el primer terremoto de mi vida. Según las noticias ha sido de intensidad 6,2 teniendo su epicentro a 135 km del suroeste de Manila, pero se ha sentido hasta en Makati. Mi sensación ha sido como si la silla estuviera rota y “bailara”. Luego pensé que me había mareado, hasta que me llamó Marisa para decirme lo que había ocurrido realmente.

Mario Jiménez

domingo, 14 de marzo de 2010

Fotografías



Hace ya algún tiempo que decidí añadir a mis lista de “cosas que aprender” la fotografía. Seguía así con mi natural tendencia a abarcar más de los que mis brazos pueden abrazar y mi sentido común aconsejar. Pero si no lo hiciera no sería yo mismo, y harto de luchar contra lo que no tenía sentido, decidí darme una oportunidad. Una de verdad.

Ya han pasado varios meses desde que “rapté” a Marisa en Tokio para que me ayudara a encontrar la cámara que buscaba, aun sin saber lo que quería. Desde entonces me he esforzado en aprender algo, y por el camino he encontrado más ilusión que conocimiento. Pero, puesto que partía del cero más absoluto, cada paso que daba parecía de gigante, al menos para mis ojos.

Aquí dejo una pequeña muestra.

Melancolía





Esperanza






Solo para dos




Sinfonía para un sordo.




Besando el cielo




Felicidad.





Mario Jiménez

lunes, 8 de marzo de 2010

Disney Sea


Mario dice que mi momento más feliz fue cuando le embistió el ciervo aquel en Nara… no le voy a negar que me pongo ese vídeo una y otra vez y sigo llorando de la risa al escuchar eso de “¿pero no éramos amigos?” mientras corría delante de la cornamenta aquella… sólo de pensarlo ahora me entra la risa.


Pero no, está equivocado, y voy a quedar un poco mal pero voy a ser sincera… los templos… impresionantes… la gente… un encanto, el paisaje… maravilloso. ¿Lo que más me gustó de todo? Lo siento… DISNEY TOKIO.

Aquellos que me conocen saben que la niña que fui no siempre tuvo la oportunidad de ser lo que era (una niña) y por eso, a día de hoy, con mis 31 años no pierdo la oportunidad de volver a serlo…

Mario había estado en Eurodisney, y me hablaba maravillas del sitio, así que decidió que ya que estábamos en Tokio y aunque no teníamos muchos días, me merecía ese “regalito”.

El día amaneció lluvioso, y aunque estábamos los dos enfermos con la garganta (yo encima no podía tomar nada por el embarazo y tenía contracciones) me sentía feliz, claro, como una niña, ¡iba a ir a Disney! Así que me levanté tempranito y me lancé a la calle a buscar el desayuno, un cafelito caliente de sobre y unas galletas para animar a Mario. No recuerdo ese tipo de emoción desde… no sé, alguna mañana de reyes de hace muchos, muchos años…

Y allí que nos fuimos, conseguimos subir al tren adecuado, parar en la estación correcta (sólo nos costó dos intentos) y subimos al tren de Disney…


Nada más llegar a la entrada tuvimos un avance de lo que iba a ser la jornada… gente, más gente, colas laaaargas, inmensas… claro, era domingo, pero no pudimos ir otro día…

En la cola nos entreteníamos como podíamos, los japoneses son MUY frikis, no había visto nunca nada igual… claro que todo se pega, yo acabé con Nemo por sombrero (me encanta Nemo… )


Mario ya empezaba a quejarse, le dolía la garganta, las colas no avanzaban…y yo no quería reconocerlo pero estar ahí parada con el barrigón de 7 meses tampoco era muy cómodo… tardamos como una hora y media en llegar a la caja, por suerte aceptaban tarjetas (en Japón no las aceptan en todos sitios) y allí que entramos…

No podía cerrar la boca de la impresión, eso sí, me derrumbé literalmente en el primer banco que vi, no podía más. La bola aquella del mundo, gigante, en mitad de una fuente, el castillo un poco más adelante, un volcán, un templo, un barco… los ojos se me salían de las órbitas… Y de pronto cuando consigo levantar mi (ya gordo) culo del banco… ¡empieza el espectáculo! Mickey, Minnie, Goofy… Bailando al son de MASCARADE, ¡Viva Halloween!


Y bueno, no me importa admitirlo y sé que hay documentos gráficos del evento, LLORÉ DE LA EMOCIÓN, ja ja, echaremos la culpa a las hormonas del embarazo.


Reconozco que, como dice Mario, el parque está mal gestionado, no puede ser que tarde hora y media en subir a cada atracción porque al final del día has montado en tres como mucho (súmale las horas que haces cola también para comprar comida, bebida o ir al baño) pero ni siquiera eso empañó mi deseo de disfrutar de Disney Sea. Por desgracia la mitad de las atracciones me estaban prohibidas por el embarazo, pero mis ganas de disfrutar del día hicieron de las atracciones infantiles (las únicas en las que me dejaban subir) parecieran suficientemente buenas, además, y algo bueno tenían que tener, eran las de las colas más cortas. Lo siento por Mario que no pudo disfrutar de la aventura de “Indiana Jones” y de otras por el estilo, y encima estuvo aguantando mecha, estaba tan agotada y me dolía tanto la espalda que no me importaba la lluvia ni el frio, me sentaba hasta en el suelo porque no aguantaba más de pie, y claro, llevaba todo el pantalón mojado… pero no había quien me llevase de vuelta al hotel.


Paseamos por la cubierta del Titanic, recorrimos 20.000 leguas de viaje submarino, navegamos con Simbad el Marino, un gondolero nos paseó por Venecia haciendo chistes en japonés, que evidentemente a todos les hacían gracia menos a nosotros, y por ser educados parecíamos idiotas, riendo cuando ya todo el mundo había parado o aplaudiendo a destiempo…


También subimos a un Galeón y lo exploramos, allí perdí a Mario y lo encontré mas tarde… tirando cañonazos con los niños. Me lo llevé de allí a rastras.

Nos adentramos en el fondo del mar y disfrutamos del espectáculos, unas medusas fluorescentes y gigantes en el reino de La Sirenita, donde algunos papis aprovechaban la oscuridad del fondo del mar para echar una siesta…

Y todo ello mientras con una sonrisa estoica hacíamos colas para comprar palomitas con sabor a chocolate (si, ya lo sé, a mí también me pareció asqueroso hasta que comprobé por todos los puestos del parque las opciones, sabor a washabi, a pimienta negra, a queso…)por cierto, a Mario le encantaron, quiero pensar que era el hambre…

Como ya he contado estaba lloviendo, así que en cuanto oscureció empezaron a cerrar atracciones (eso sí, que nadie piense que las colas menguaron, los persistentes japoneses tenían más mecha que nosotros) y se suspendió el desfile nocturno, los fuegos artificiales del cierre se vieron reducidos a la mínima expresión pero allí estábamos, aguantando estoicamente.




La última parada la hicimos en las tiendas, donde le compramos a Diego su primer peluche (un carisísimo osito muy suave que se llama Duffy que tenía más complementos que los de las muñecas que le daban a Momo los Hombres Grises) y que Mario tardó meses en soltar, empeñándose en que era para él y no para su hijo… Y un babero, que acabo de lavar para que Diego lo estrene esta noche, ya que tiene la simpática afición de refregarse hasta asegurarse de que tiene toda la cara bien empapada de leche…

lunes, 1 de marzo de 2010

El soldadito de hojalata.



A la memoria de mi abuelo Braulio y a Diego, padre de Marisa y abuelo de mi hijo.



- Abuelo, ¿me cuentas un cuento?

- ¿otro?

- Por favor…

- Bueno, vale.

- Eres el mejor abuelo del mundo.

- Eso es porque tengo el mejor nieto.

- ¡Pero empieza ya! ¿Habrá dragones?

- No.

- ¿Y princesas? ¿Y caballeros con armaduras?

- No, pero habrá un soldado de juguete.

- ¿Un soldadito de plomo?

- No, de hojalata.

- ¿Y ese soldadito tenía un fusil y estaba cojo?

- No, pero tenía un tambor, un pequeño tambor dorado.

- Jo, que rollo.

- Bueno, entonces no te lo cuento.

- ¡No! ¡No!, por favor cuéntamelo, cuéntamelo.

- ¡Pero si no me dejas!

- Ya me callo, abuelo.

- A ver si es verdad. Pues veras, este soldadito…

- Abuelo…

- ¡Qué!

- Así no empiezan los cuentos…

- Tienes razón, voy a empezar de nuevo:


Erase una vez un soldadito de hojalata. Este soldadito tenía un precioso uniforme de gala. Sus pantalones azules estaban adornados con un par de tiras rojas a cada lado. Su cosaca era del mismo color que las tiras de los pantalones, 20 botones dorados y uno de plata cerraban la chaqueta roja, que se ajustaba al cuerpo del soldadito como anillo al dedo. De cada hombro colgaban una borlas de color azul, que se movían alegremente cada vez el soldadito marchaba. Sus zapatos eran negros, muy brillantes y limpios, aunque siempre el cordón izquierdo andaba desatado. Completaba el bonito uniforme un sobrero, también negro, muy largo. Al soldadito le gustaba mucho su sombrero pues, además de hacerle parecer más alto, le daba un porte muy elegante y distinguido.

Colgaba del cuello del soldadito un tambor dorado, que hacía juego con los botones de la casaca. Bueno, con todos menos con uno. Sí, este soldadito era músico y tocaba las más hermosas marchar militares sin descanso, nunca perdía el compás.

Vivía el soldadito en la habitación de Diego, un travieso niño que acababa de celebrar su sexto cumpleaños.

- Abuelo.

- ¿Qué?

- Yo también me llamo Diego y tengo seis años.

- Ya lo sé.

- Pero yo no soy travieso.

- A veces sí, además, ¿quién te ha dicho a ti que tú seas el mismo Diego que el del cuento?

- Es verdad, yo no tengo ningún soldadito de hojalata.

- ¿Lo ves?, Déjame que continúe anda.

Como te decía, el soldadito vivía en la habitación de Diego, junto con los otros juguetes. Sin embargo, él era el único soldadito. Formaba pues, él solito, un ejército de uno solo.

Un día, estaba el soldadito marchando, tocando su tambor, lleno de alegría y orgullo, pues no hay nada que regocije más que hacer lo que a uno realmente le gusta. Seguía el soldadito con su solemne marcha cuando un terrible accidente sucedió. El soldadito pisó el cordón de su zapato izquierdo, cayendo de bruces contra el suelo.

- Por eso mis papas siempre me dicen que me ate los cordones

- Por eso mismo.

- Yo me sé atar los cordones de los zapatos, tú me enseñaste con el juego de la serpiente, ¿te acuerdas?

- Cómo lo podría olvidar. ¿Seguimos?


Por desgracia, al caer se rompió una de las correas que sujetaban el tambor dorado al cuello del soldadito.” Qué voy a hacer ahora, no podré marchar y tocar el tambor” decía el soldadito, “Yo que soy el único soldadito de un ejército de uno solo”. Y una profunda tristeza anidó en su corazón, pues los soldaditos, aunque sean de hojalata, también tienen corazón.

El soldadito pasó muchos días sentado en un rincón de la habitación, sin querer hablar con nadie. No quería, además, que Diego le viera en ese estado, roto, viejo, hundido.

Un buen día, los demás juguetes se acercaron para hablar con él. Tomó la palabra “el patito pirata del ala de palo”. Era aquel patito uno de los juguetes más antiguos de la habitación, ya había servido como termómetro para comprobar el agua con la que Diego se bañaba, cuando era este aun un bebé. “Soldadito, tú siempre nos has ayudado, nos has alegrado en innumerables ocasiones con tus marchas, siempre nos has protegido, no en vano eres el único soldadito de un ejército de uno solo. Ahora nos toca ayudarte a nosotros”. El soldadito se puso de pie de un brinco, no llegaba a entender lo que estaba sucediendo. El patito prosiguió, “Cada uno de los peluches ha cogido un hilo de sus costuras y los usaremos para arreglar tu tambor”. El soldadito estaba muy nervioso, no sabía que decir pero finalmente dijo lo único que se podía decir: “gracias”.



Todos se pusieron manos a la obra. Después de varias horas de duro trabajo, no era cuestión de hacer una chapuza, el tambor parecía arreglado. Llegaba el momento de la verdad, el soldadito se preparaba para hacer un redoble y comprobar, así, que la correa reparada podía resistir como en los viejos tiempos. Todos los juguetes aguantaron la respiración, expectantes e impacientes. Por fin el soldadito golpeo el tambor con uno de los palillos. Inmediatamente la correa se volvió a romper, dejando caer el tambor al suelo. Un gran “oooh” se escuchó en la habitación de Diego. El soldadito se quedo inmóvil, todos le miraban fijamente, y de repente el soldadito sonrió y exclamo: “muchas gracias de nuevo por vuestra ayuda”. El soldadito no estaba triste, pues había descubierto algo mucho más importante que su tambor, la verdadera amistad, aquella que acude cuando se la necesita, sin pedir nada a cambio.



Pasaron largos meses sin que se oyera el sonido de aquel tambor. Una tarde, mientras Diego jugaba en un parque cercano a su casa, su abuelo entró en la habitación y se fijo en aquel viejo soldadito que le recordaba a uno que  había tenido cuando era niño. Lo cogió y se lo llevo con el firme propósito de arreglarlo.

- Abuelo, ¿a que los mayores lo saben todo y todo lo pueden arreglar?

- Por desgracia no

- ¿El abuelo de Diego se llamaba como tú?

- No lo sé, si te digo la verdad no lo recuerdo.

- ¡Qué tramposo, no me lo quieres decir!

- Ja,ja,ja, vamos a terminar el cuento.

Varios días después, el abuelo regresó para devolverle el soldadito a Diego, el cual se puso muy contento al ver que su juguete había quedado como nuevo. Aquella misma tarde, aprovechando que Diego se había ido al cine con sus padres, el soldadito volvió a marchar, haciendo sonar su tambor como nunca lo había hecho. Todos sus compañeros acudieron para darle la bienvenida, incluso organizaron una gran fiesta en su honor. Ese día el soldadito fue feliz, pero no más feliz que cuando sus amigos se le acercaron para recordarle que siempre podría contar con ellos. Fin.

- ¿Esto cuento no tiene moraleja abuelo?

- Claro que sí, tú cuál crees que es.

- No lo sé, ¿qué siempre hay que llevar los cordones de los zapatos abrochados?

- Bueno, eso también.

- Abuelo, así no se acaban los cuentos.

- Es verdad, Colorín, colorado, este cuento se ha acabado

- Eres el mejor abuelo del mundo, todos los nietos debería tener un abuelo como tú, y si no se lo tendrían que inventar.

- Eso es porque tengo el mejor nieto del mundo.

- Abuelo, estás llorando

- Será una mota de polvo

- Abuelo…

- Qué.

- Siempre me dices lo mismo.

- Es hora de dormir.

- Buenas noches abuelo.

- Buenas noches Diego.



Todos los personajes son inventados excepto Diego y “el patito pirata del ala de palo” Inspirado en la canción de Enya “One toy Soldier” y en el libro de Fernando Sánchez Dragó “ Soseki, inmortal y tigre”. Pero sobre todo, inspirado y escrito por y para mi hijo Diego.



Mario Jiménez.













domingo, 28 de febrero de 2010

Viaja a Japón III. Nara


Retomo hoy la narración de nuestro viaje a Japón. Como ya había comentado, al llegar a Nara nos ofrecieron la posibilidad de que nos acompañara una guía totalmente gratis. Yo siempre he sido muy reticente a eso de viajar con un guía. No me gusta que nadie ordene mis pasos y menos aun mis sensaciones. Esta vez, sin embargo, nos pareció una buena idea  puesto que no sabíamos nada de esa ciudad, no habíamos preparado la visita y no sabíamos ni por dónde empezar. La verdad es que fue un acierto, nuestra guía preparo un itinerario fabuloso para adentrase en la milenaria Nara. Debo admitir que Nara es mi ciudad favorita de todas la que visitamos en nuestro viaje. Al llegar el viajero retrocede en el tiempo, no en vano Nara fue la capital más antigua de Japón. Fue fundada en el año 710 y fue considerada la primera capital permanente del país nipón.


El primer templo que visitamos fue Templo el kofjiuku. Este templo fue sede principal de la secta Hossō, y uno de los predilectos del clan Fujiwara. El kofjiuku fue construido en las afueras de la provincia mucho antes de que Nara fuera capital, siendo trasladado a Nara en el año 710. Los japoneses ya eran expertos arquitectos y construían este tipo de templos independizando cada una de las plantas, de este modo, en caso de terremoto, las plantas se moverán en sentido contrario unas de otras. A esto se le llama el baile de la serpiente. ¿El resultado?, este templo lleva 1400 años aguantando los desafíos los terremotos, bastante comunes en Japón, todo sea dicho de paso.




Fue allí donde aprendí el rito de purificación que se realiza en las fuentes a la entrada de los templos. La primera vez lo hice como algo curioso que me enseñaba la guía. Sí, tengo que admitirlo, lo hice como un turista que imita lo que hacen los lugareños sonriendo mientras le tiran la foto. Sin embargo, después lo repetía a la entrada de cada templo, con la mayor humildad y como símbolo del respeto que siento por la cultura japonesa y sus gentes. El ritual es bastante sencillo, cogemos el cazo, nos lavamos la mano izquierda, luego la derecha, tomamos un pequeño sorbo de agua y lo escupimos. Dejamos caer el agua restante por el mango del cazo, para así limpiarlo, y lo dejamos bocabajo exactamente en la misma posición que lo hemos encontrado. Nunca me encontré un cazo fuera de lugar, ni roto, no, eso no se concibe en Japón. Imagino si tuviéramos en España una tradición parecida, cada uno dejaría el cazo donde su buen entender, que para eso es suyo, creyera oportuno, la mayoría de los cazos estarían rotos o perdidos, lo niños jugarían con el agua sagrada mientras los padres miran a otro lado, en fin… De hecho solo una vez vi como este ritual no era respetado: dos jóvenes parejas se salpicaban , usaban los cazos para echarse más agua, gritaban y reían mientras los japoneses, que pacientemente hacían cola para ir a rezar a sus templos, miraban resignados al suelo. Eran españoles, y por primera vez sentí vergüenza de tener el mismo pasaporte que ellos. Me acerqué y les pedí que por favor terminasen, que ese era un lugar de culto y que la gente esperaba para rezar sus oraciones. Se fueron sin ni siquiera disculparse. Qué fácil olvidamos que cuando viajamos somos todos embajadores de nuestro país.



Aconsejados por nuestra guía, dejamos que nuestros pies nos llevaran al templo de Todaiji. Para llegar aquí tuvimos que pasar por el famoso parque de Nara, donde cientos de ciervos corretean en libertad. Es este uno de los mayores reclamos turísticos de Nara, el ciervo es un animal sagrado y venerado en toda la ciudad. Los ciervos están completamente acostumbrados a la presencia del hombre, acercándose si ningún miedo para ser alimentados. Marisa vivió entonces el que quizás fuera su momento más feliz de todo el viaje, no porque los joviales cervatillos alegraran su corazón, sino porque uno de los angélicos animalitos me embistió, con su nada desdeñable cornamenta, cuando me quedé sin galletas con las que alimentarle.



La vista del templo Todaiji es simplemente maravillosa. Queda deslucida, eso sí, por el gran número de turistas que invaden la zona. Pero este es el mundo que nos toca vivir, y cada vez quedan menos lugares no profanados por las agencias de viajes. Ya lo he dicho en alguna otra ocasión, entre el viajero y el turista solo hay una diferencia en la mentalidad. El turista contamina con su presencia. El viajero procura pasar inadvertido, es cómplice del silencio, lo necesita para pensar, pues su viaje es de fuera para dentro y no al revés. El viajero busca momentos y sensaciones, no le hace falta posar continuamente para la foto.



Para entrar al recinto del templo hay que atravesar la gran puerta Nandai-mon, con una estatua en madera de un guerrero Nio a cada lado. Estas tallas del siglo XIII son consideradas como las más bellas del Japón. El templo de Todaiji es además famoso por albergar el buda sentado más grande de Japón. Detrás de la estatua hay una columna de madera con un agujero en la base, es tradición pasar por el agujero, pues dicen que esto nos dará la sabiduría eterna y felicidad para todo el año. No menos impresionantes son los gigantescos guerreros que guardan el templo.





Después de acabar nuestra visita, y despedirnos como se merece del gran buda, me dirigí al templo Nigatsu Do. Digo me dirigí pues Marisa decidió esperar abajo y descansar unos pies ya de por si hinchados por el embarazo. A Nigatsu Do se accede subiendo por unas escaleras que nos llevan a la puerta principal del complejo. Las vistas desde allí son espectaculares, te sientes trasportado a una de esas películas de Akira Kurosawa. La puerta de entrada a los templos, la gran campana budista y todos sus edificios te hacen pensar en el esplendor de otra época. Sin embargo, lo que más llamó mi atención fue un pequeño altar dedicado a todos aquellos niños que nunca llegaron a nacer. Un pequeño buda guardaba el altar al que los padres suelen llevar pequeños juguetes para los hijos que nunca fueron. Le pedí a mi guía que me dejará solo unos minutos, y recé por todos esos niños y por Diego, al que le estaba costando venir. Recé como suelo hacerlo, daba lo mismo si estaba ante una figura de Buda, pues en el fondo, si Dios existe, seguro que entiende más de personas que de religiones.



Después de reunirme con Marisa, nos encaminamos hacia el templo de Kasuga-Taisha. Quizás fuera esta la parte que más me gustó de nuestra visita a Nara. Atravesamos un frondoso bosque custodiado por 1700 linternas de piedra y 1200 faroles colgantes. En el día de Setssubun, a comienzos de febrero, y el 14 y 15 de agosto se encienden todas esas lucen dejando todo el jardín iluminado. Todo el lugar invita al recogimiento, siendo para mi mucho más bonito el camino que llega al templo que el templo en sí. Como la vida misma.





Mario Jiménez.






viernes, 12 de febrero de 2010

De asistentas, yayas y conductores.





Es este un tema complicado de tratar, mucho más de lo que parece. Podría parecer un post de “nuevo rico” que se queja de las dificultades de encontrar una buen servicio domestico, mientras piensa en el color de su nuevo Aston Martin. No lo es, y para mi desgracia el coche de mis sueños sigue custodiado por Morfeo.

Lo primero que debemos estar dispuestos a entender es que lo que en España puede ser un lujo aquí es algo habitual, y al revés. Filipinas es un país eminentemente agrícola, sin embargo, el sector servicios tiene cada vez más peso en su economía. La mano de obra es más barata que en otros lugares del mudo, razón por la que muchas empresas, intensivas en mano de obra, deciden asentar aquí su producción.

Los servicios de ayuda en el hogar no solo están muy extendidos, tanto fuera como dentro del país, sino que es base de sustento de un gran número de familias. La oferta abarca asistentas del hogar (maid), ayudantes para el cuidado de los niños (conocidas como yayas), jardineros o conductores. La gran mayoría de estos empleados son internos, siendo habitual que el dueño de la casa que los contrata les proporcione, además del sueldo estipulado y el pago a la seguridad social, el alimento y los productos de higiene personal.

Al principio, Marisa y yo teníamos la idea de no contratar a nadie. Primero porque en España no teníamos ayuda, y segundo porque no teníamos claro eso de meter a unos completos extraños a dormir en casa. Sin embargo, fuimos poco a poco cambiando de idea. El conductor es necesario. Para un extranjero conducir aquí puede ser muy peligroso, siendo aconsejable la ayuda de un local acostumbrado a la caótica forma de conducir filipina. He oído, aunque nunca lo he visto, casos en que se han forzado accidentes contra conductores extranjeros, con el único propósito de cobrar una mayor indemnización.

Por otro lado, también necesitábamos una asistenta en casa. Esta pareja de locos que somos Marisa y un humilde servidor, no había venido sola a Filipinas. Muy al contrario, habían decidido que está aventura no sería lo mismo sin sus dos perros, una labrador llamada Lisa y una Rottweiler llamada Hera. No eran dos mascotas. En realidad, las personas que tienen mascotas no aman a los animales, pues al llamarles mascotas les convierten en cosas, en caprichos de Navidad, en meros objetos. No, Lisa y Hera son miembros de pleno derecho de esta, recientemente, ampliada familia. Miembros con ladrido y voto. Nosotros no somos su dueños, pues nadie puede poseer a otro ser vivo.



A pesar de que los dos perros habían demostrado ser más inteligentes y tener más sentido común que la loca pareja que les embarco en esta aventura, seguían necesitando que alguien les diera de comer y les sacaran a dar una vuelta. ¿Quién lo iba a hacer cuando el feliz matrimonio se fuera a pasear toda esa dicha por la ancha Asia? ¿Y cuando volvieran de visita a España? Efectivamente, se necesitaba una “maid”. Además, ¿por qué no aprovechar una de las ventajas que ofrece este país?
Pero era, y es, más fácil decirlo que hacerlo. En el año que llevamos aquí han pasado siete asistentas por casa. Algunas parecía que habían sufrido la picadura de la mosca Tsé Tsé y desaparecían de nuestra vista, y de sus obligaciones, en interminables siestas. Tuvimos una que faltaba más que venía porque tenía que acudirá a las reuniones de una secta local…. Otra no quería cuidar a los perros, pues les había cogido miedo después de sufrir un espeluznante y terrorífico ataque por dos caniches enanos, que "casi le causan la muerte", mientras paseaba a nuestro Rottwelier de 40 kg.



Cuando comenzamos a buscar asistenta ya nos avisaron de estos problemas. Es más, nos dijeron que no nos creyéramos la historia, que seguro nos contarían, sobre un familiar que estaba a punto de morirse, motivo por el cual nos iban a pedir días libres y un adelanto de su salario. La primera vez que nos lo contaron no lo creímos. O no lo quisimos creer, a pesar de que era un filipino el que nos ponía en alerta. ¿Quién podría ser tan ruin como para mentir sobre la muerte de un familiar? Pues como la Meigas, haberlas, hailas. Pero, a diferencia de las brujas gallegas, este tipo de personas abunda más y es más fácil de encontrar. Efectivamente, hay gente que no tiene el más mínimo escrúpulo en “dar sepultura” antes de tiempo -incluso varias veces- al padre, madre o abuelo: “pero si me dijiste que tu padre falleció hace tres meses, lo recuerdo porque te di 15 día libres y te adelanté 60.000 pesos”, “No, verá usted, entonces estaba muy enfermo, pero se pudo salvar. Sin embargo esta vez…” Ni que decir tiene que esto lo hacen con los extranjeros, pues sus jefes filipinos nos les toleran “ni media”.

Por desgracia, hemos tenido casos más desagradables aún. Una noche Marisa y yo salimos a cenar a un restaurante de Makati. Al regresar, Marisa descubrió que nuestra querida “maid” había hecho uso y abuso de nuestra confianza y de nuestro baño. Aprovechando nuestra ausencia, la feliz criatura había entrado en el baño de nuestra habitación y se había bañado. Tanto se relajó que se olvido el bote de champú que Marisa encontró poco después. Al principio, craso error, pensamos no decirle nada, días después iban a ingresar a Marisa para inducirle el parto y necesitábamos a alguien que se quedara en la casa. Días después del parto, Marisa decidió aclarar el asunto. Habló con nuestra asistenta mientras yo estaba en Karate lesionándome el menisco de la pierna izquierda. Ni siquiera teníamos pensado despedirla, pero la reacción de la chica fue inesperada. Al principio lo negó todo, cuando Marisa le mostro el bote de champú que probaba la veracidad de la acusación, se volvió loca. Empezó a amenazar a Marisa, cogió el champú y empezó a tirarlo salpicando el suelo y las paredes. Marisa estaba tan sorprendida como asustada, no quedándole más remedio que llamar a los agentes de seguridad de nuestra urbanización para que se la llevara de nuestra casa. En el fondo tuvimos suerte, conocemos a otra expatriada cuya “maid” no la amenazó con un bote de champú, sino con un chuchillo de cocina.



¿Cómo actuar entonces? ¿Qué hacer para que no paguen justos por pecadores? Dice mi abuela que el gato escaldado del agua caliente huye, y nosotros nos hemos quemado ya unas cuantas veces. Solo nos queda hacernos un nudo en el estomago y no ceder antes chantajes emocionales, no se dan adelantos y las vacaciones, asuntos propios y días libres son los estipulados por la ley, ni uno menos, ni uno más. Si en el camino nos encontramos con algún justo le pido perdón por adelantado.

Mientras tanto, seguimos sin encontrar alguien al que poder confiar nuestra casa cuando estemos de viaje.

Mario Jiménez